Artist: Various Artist
Release Date: August 2003
Format: CD
Urbe Probeta is a record that compiles the work and collaboration from 14 poets and 12 Mexico City electronic music producers. In this disc the participants announce from their particular point of view the way they live in this city. On the one hand the poets coordinated by the Motín Poeta community capture with their lyrics a very peculiar perspective of the city, on the other hand the sound artists and musicians (Discos Konfort and guest artists) metaphorize even more the lyrics giving to the disc a deeper interpretation by means of the sound and the noise. Genres like the pop, the sound minimalism, the deconstruction, the ambient, the hip-hop and so more get all together giving rise to a text and sound hybridization.

File under: Electronica/Poetry/Spoken Word

TRACK LIST


01. Enzia Verduchi / Plug - Señora Lexotan Listen
02. Hernán Bravo / Guillermo Guevara - 24 Listen
03. Rocío Cerón/ Flux & Vega - Menudencias Listen
04. Ricardo Pohlenz / Plug - Vynil Listen
05. Mónica Nepote / Radar - Ciudad Puente Listen
06. Luis Ignacio Helguera / Vate - Fiesta Listen
07. Ernesto Lumbreras / Monoploid - Vagos en una esquina blanca Listen
08. Carla Faesler / Nasty - Fauna Cd. de México Listen
09. Luigi Amara / Bishop vs. Nail - El parásito Listen
10. Margarita Martínez Duarte / Bishop - El despacho del juez Listen
11. Armando González Torres / Wakal - Seres de fin de semana Listen
12. Adriana Arrieta / Monoploid - Reflexiones sobre un perro triste Listen
13. María Rivera / Odavreser - Segundo poema softporno Listen
14. Xpollo / Manrico Montero - Sites Listen


REVIEWS


 

Con el título tomado de una frase del poema “Fauna Ciudad de México” de Carla Faesler, el registro de Urbe probeta gravita sobre bases de electrónica pop, ambient, deconstrucción, minimalismo y poemas de jaez delimitado muy bien por imaginarios y temas urbanos y contemporáneos. La premisa de la que parte el proyecto es la siguiente: poner a trabajar en equipo a algun@s de l@s más notables poetas mexican@s jóvenes codo a codo con productores y músicos de la escena electrónica-pop nacional. Los resultados, sobrepasando cualquier expectativa más bien escéptica que pudiera sembrarse sobre dicha premisa creativa en la cabeza de cualquier lector/escucha, son notables.

La encargada de abrir la placa es Enzia Verduchi con su poema “Señora lexotán”, una loa urbana a la evasión del caos citadino inducida por el ansiolítico en cuestión (“Qué son seis miligramos / tres veces al día si con ello / se pueden anestesiar los sentimientos...”, dice el timbre de voz súper cachondo de Enzia, aunque siempre plano en inflexiones, lástima), musicalizado por atmósferas chillout expansivas, beats downtempo de Plug. Con un beat más ácido y más marcado, entramos al segundo track musicalizado por Guillermo Guevara, con letra (poema) de Hernán Bravo Varela. Las imágenes de Hernán en “Veinticuatro”, su uso imaginativo, siempre lúcido y bien calibrado del lenguaje, son muy efectivas y sugerentes; quizá la música sólo en este caso no le haga justicia al fino poeta que acompaña.

Para la tercera rola el registro da un giro de varios grados: se trata de una pieza de modos armónicos oscuros a medias, que va del ambient al llano pop, incluido el coro cantado por una vocalista (la música es de Flux & Vega), y no recitado del todo por su autora, Rocío Cerón, que se detiene sin pudor a revisitar el cuerpo, sus vericuetos y sus emanaciones, en medio del trasiego de la vida contemporánea. El siguiente corte está a cargo de Ricardo Pohlenz, cuya voz aséptica y fría aparece procesada por medios electrónicos para crear la atmósfera robótica y plástica. Complementado por la música de Plug que acompaña al poema “Vynil”, Pholenz reconoce a los materiales sintéticos de nuestro tiempo como nuestros úteros reconfortantes, como los verdaderos responsables de la educación sentimental de toda una generación. Y yo, con Pohlenz, repito “El afecto que no nos / dieron nuestros mayores / nos lo dio el vynil”. Mónica Nepote opta, en cambio, por ser una de los dos poetas en no “recitar” su texto (¿por qué, Mónica?). Nepote habla de la ciudad como un ente animado, dotado de vida, que crece y se repliega sobre sí misma, que oculta sus cánceres, sus secretos; a cambio, una vocalista (Gabriela Vega otra vez) es quien le pone melodía a los versos, reconformándola según la estructura típica de una canción pop con instrumentos acústicos incluidos y modos easy-going.

Aquí debo hacer una pausa obligada. El sexto track del disco merece, según mi percepción, capítulo aparte. “Fiesta”. Cada vez que escucho la voz que se arrastra entre cálida, honesta y cínica del fallecido Luis Ignacio Helguera (1962-2003), musicalizado por Vate con un sampleo híbrido de electrónica y música tropical delirante, la piel se me eriza y los ojos, por alguna sospechosa razón, se me ponen vidriosos. Helguera estaba llamado sin duda a ser una de las voces más brillantes de nuestras letras. Niño prodigio, dotado de una mente genial, erudito en la tradición filosófica alemana tanto como en el ajedrez o en los clásicos griegos, melómano, Helguera nos sujeta en este poema de las manos para hundirnos con él en el más oscuro de los abismos. Fiesta. El vértigo de la caída, la abulia de la mediocridad, después de haber probado las beldades más dulces la noche anterior, la velocidad, el frenesí y la taquicardia, “pisotazos lodosos de mambo o de rock / sobre la alfombra que te regaló mamá”. El ojo avisor y sensible como una maldición, de quien lo contempla todo desde el suelo huacareado, cegado por el mareo y la jaqueca en una mañana de resaca alcohólica y moral, un perdedor cuya mujer lo ha traicionado durante la fiesta en su propia casa para irse a coger con el “marrano ése de los peores osos”, un tipo patético que se resigna entre su propio vómito, “arrinconado frente a las obras completas de Séneca / que hoy te valen verga”.

En seguida el buen Ernesto Lumbreras crea imágenes llenas de fuerza, callejeras y siempre inquietantes, sobre un beat parejo de cuatro por cuatro y capas sobrepuestas de material sonoro industrial y minimalista de Monoploid. Lumbreras rescata en este texto voces extraviadas una noche en alguna ciudad: “Sabe a lumbre / arroyo / más noche / puro corazón / grifo sin gracia / puta enamorada / vinagre”. Quizá haya sido la propia Carla Faesler quien entendió mejor la intención del proyecto. Faesler, con una voz acogedora y que sabe modularse cuando es necesario, se toma sus tiempos, alarga las vocales, hace inflexiones, acelera cuando el beat de Nasty se lo pide. La dupla entre música/literatura casa a la perfección en este track: “Fauna Ciudad de México”, imágenes sobresaturadas, espacios asfixiantes, sonidos que aturden y luces que encandilan, metales, concreto y acero que cobran vida en las metáforas y en la música, en las calles de la ciudad para reclamar sus dominios. El caso de la lentitud como herramienta discursiva y como componente temático, por otro lado, toca el súmum en la entrega de Luigi Amara, que “vive el gozo de un bostezo muy largo” con la voz gorda y pastosa (manipulada unos tonos más debajo de su registro natural para volverla chiclosa y soporífera a propósito) que contagia y que arrulla. La capacidad de Luigi para detenerse eternidades a contemplar elementos de la cotidianeidad y del instante es bien conocida, y en este caso no falta a sus propios tópicos. “El parásito”, eso es, quien nos habla es eso: un huevonazo que ve pasar la cola del tiempo con el cachete escurriéndose por el cristal caliente de la ventana: “Nada como el deleite de contemplar la acción / y no mover un dedo”. La música es una colaboración entre Bishop y Nail.

Dicen que nunca falta un negrito en el arroz. La grabación de Margarita Martínez Duarte, antecedida e interludiada con algo así como un corrido de la Revolución, parecería más bien un largo anuncio de micrófono con estática en un supermercado con toques a lo Nortec que van y vienen. Se trata de un poema narrativo que describe una escena de corrupción y mediocridad, el tedio, la negligencia y la peste de un despacho de juez mediano en un país carcomido por su propia burocracia (¡oh, novedad!). Martínez Duarte pretende dotar a su texto de humor, sin duda, pero se resbala de pronto con el cliché y el efectismo. En cambio, Armando González Torres opta sabiamente por cederle la voz en su track a una chava de timbre ronco, medio mamón y fresa que de entrada se gana al escucha (o por lo menos a mí sí, pues). La música es ni más ni menos que de Wakal, uno de mis grupos de electrónica nacionales favoritos. El poema de González, sobre la vida nocturna y sus excesos, podría haber pasado desapercibido de no ser porque crece enormidades gracias a los finos arreglos de trompeta jazzera de Elías Herrera, un sabroso skat e improvisaciones vocales de (oh, sorpresa) Isabelle Malchioni, la misma chava que comienza recitando el poema (¡uhhh... babe...!) y que ha colaborado en proyectos como en Sr. Mandril. La siguiente intervención es de Adriana Arrieta y su poema “Reflexiones sobre un perro triste”, que luce por todo menos por la agudeza de sus reflexiones o por la tristeza del pobre perro en cuestión. Un track conservador por donde se le vea. A nivel musical Monoploid echa mano de un cuarteto de cuerdas paseándose por parajes tonales y domesticados, con toques de material electrónico aquí y allá pero que nunca terminan por levantar, aunque que sin embargo redondean de manera efectiva la intención original del texto.

Y para cerrar con broche de oro con el penúltimo y último track, respectivamente, la combativa María Rivera, por un lado, se avienta su “Segundo poema soft-porno que rememora una visita al supermercado, a las 10:00 de la mañana”. El lenguaje de María es siempre puntual, fino y educado, muy sutil, y comulga bien con las atmósferas aletargadas y etéreas que le imprime a las capas hipnóticas y downtempo de Odavreser. María se adentra con un largo aliento en una relación de pareja desgastada y se aventura más tarde por una odisea del desencanto y el despecho por el departamento de frutas y verduras: una mujer y su carrito de súper contra el mundo. Mientras tanto, la pista número catorce corre a cargo de “Xpollo”, mejor conocido acá en el bajo mundo como el buen Sergio Valero. El soundtrack de Manrico Montero carece de beat y se limita a crear islas sonoras que sostienen el largo y lento texto de “Sites”, que a su vez corre a caballo entre la contemplación lúbrica de una niña de nueve años e imágenes estrujantes llenas de violencia y dolor.

Sólo debo decir una cosa que me parece justa acotar. Cada vez que cierro la cajita del CD, no puedo evitar desear con todas mis fuerzas lo siguiente: un bonus track de Julián Herbert con una rolita de Fussible o Bostich. ¿A poco no estaría perrón?

Tryno Maldonado (Atari 2600)


Poesía en sinfonía de música sintética. Sucedáneos realistas e irrupciones sonoras.

Producción sintáctica en reproducción. Recitales neutros o rotos. Excitados diseños de voz.

Atmósferas de romanticismo. Reminiscencias de filtradas texturas. Noise modulado.

Reiteraciones de cotidianidad. Crudeza. Vacío.

Con el apoyo de la poeta Carla Faesler (Premio Gilberto Owen 2002) y Cristián Cárdenas, Discos Konfort -en su búsqueda por convertirse en una institución cultural- abre la pauta con una propuesta que, sin dudar, es lo más relevante de su novel discografía: catorce poetas sintetizados en complicidad por los productores de este sello. Sin embargo, las críticas podrían ser variopintas: Urbe probeta no es un disco compacto de cinco estrellas. Sólo es plausible la intención.

De los catorce tracks, los que resisten la primera selección, realizada a partir de la sutil convergencia entre el efecto sonoro, la voz poética y el poema en sí, son: “Señora Lexotan” (Enzia Verduchi/Plug) -muy al estilo de Cronos Quartet en Requiem for a dream-; “Fiesta” (Luis Ignacio Helguera/Vate), “El parásito” (Luigi Amara/Bishop vs. Nail) y “El despacho del juez” (Margarita Martínez Duarte/Bishop). Aquí hay material que rebasa incluso algunas de las propuestas más inmediatas de los músicos mencionados.

Un segundo bloque conformado por “Vynil” (Ricardo Pohlenz/Plug), “Fauna Ciudad de México” (Carla Faesier/Nasty), “Seres de fin de semana” (Armando González Torres/Wakal); y en menor medida la digresión hecha ¿relato?: “Reflexiones sobre un perro triste” (Adriana Arrieta/Monoploid), reverberan en los siempre aconsejables audífonos.

La mayoría de las piezas son ejecuciones de conceptual reinterpretación de tintes cinematográficos. Trasladan al poema a motivantes diversas, incluso dramáticas, de las que algunos no salen bien librados: “Veinticuatro” (Hernán Bravo/Guillermo Guevara), “Vagos en una esquina blanca” (Ernesto Lumbreras/Monoploid), “Segundo poema soft porno” (María Rivera/Odavreser) y “Sites” (xpollo/Manrico Montero). Se cuecen aparte las canciones pop: “Menudencias” (Rocío Cerón/Flux & Vega) y “Ciudad puente” (Mónica Nepote/Radar), ambas en la voz de Gabriela Vega.

La ciudad como experimento de aquellos prototipos de la poética joven nacional en un giro transdisciplinario de 180 grados, no apto para ortodoxos.

Nahum Torres (Arena)

La lectura de poesía en voz alta es un género mal cultivado en México. No porque falten las lecturas públicas, las presentaciones de libros, las lecturas en tertulias o en talleres literarios. La reducción de la poesía al texto impreso, rasgo antideclamatorio característico de la modernidad, volvió a la lectura en voz alta un tanto cuanto accesoria. El poeta dirá con sus razones que no es un rapsoda, y el público valora la audición en voz del autor como un acontecimiento carismático, haciendo abstracción de sus buenas o malas facultades. El ejercicio de la poesía entretanto, la escritura pura, pasa necesariamente por la emisión vocal. Mediante ella el poeta se articula, pone a prueba su respiración, su prosodia, sus ritmos y sus efectos. Ya que todo poema debe resistir alguna forma de pronunciación, la voz poética necesita de un buen lector, y muy raramente los poetas en México se preparan para serlo.

Entre nuestros mayores, Hugo Gutiérrez Vega y Eduardo Lizalde leen muy bien, aunque ambos lo hacen con aparato escénico, uno con el del teatro, otro con el de la ópera. Lejos de las tablas, al poeta ante su público se le puede pedir que, por lo menos, dé respiración a sus versos, que sepa contarlos, cortarlos y encabalgarlos, pero que no los marque cansinamente, que no ignore la propia tesitura, y sepa apoyar la voz y modularla. Que peque mejor de neutro que de precipitado.

Ante un panorama en que la lectura oral puede ser una tortura, la aparición del disco compacto Urbe probeta asume la voz poética de un modo fresco y propositivo. De un modo desviado. Su afán no es hacer escuela de recitación, sino abrir cauces a la diseminación de la poesía. La idea no puede ser más que bienvenida: un grupo de catorce poetas trabaja con dj’s y compositores de música electrónica (siempre bajo la dirección de un productor) para transportar sus poemas dichos o cantados a las sonoridades digitales.
El resultado vale ya por la apertura del juego. Imagino que cada experimento recogido en Urbe probeta planteó a los autores enfrentar el desafío de oírse, mientras que nutrían o cedían a las propuestas de los músicos. La voz electrónicamente modificada (filtrada, apagada, reverberada, retardada...) ofreció a algunos poetas la posibilidad de componer con su propia dicción. Otros, en cambio, aportaron simplemente su poema. El resultado es heterogéneo y desigual, pero la impresión que deja al oído y al gusto es renovadora.
Urbe probeta es un proyecto incluyente. No debió ser fácil acoplar tal variedad de propuestas: así lo demuestran la edición y masterización del disco. ¿Cómo darle sentido y equilibrio sonoro? Las dos primeras piezas (tan importantes para una producción discográfica) son débiles como arranque. Aunque la colaboración entre Enzia Verduchi y Plug en el primer corte resulta eufónica, el texto de Verduchi es demasiado prosaico. Acaso abrir con él fue una táctica para captar el oído de un público no necesariamente atento a la poesía. Mientras que la lectura del segundo poema, por su autor Hernán Bravo, es la más convencional del disco en términos de elocución; el poeta lee sin compenetración con el pulso y el fondeo musicales, más bien concentrado en los valores prosódicos del texto. Pasados estos extremos, el tercer corte, de Rocío Cerón, es la primera propuesta audaz: poesía y música se trenzan, nace un objeto nuevo en el que la recitación se torna melopeya. A la buena ecualización y efectos de voz se suma el canto medio, muy cálido, de Gabriela Vega. Buena producción de José Rendón.
A partir de aquí, con otros altibajos, el disco alcanza muy buenos momentos. “Ciudad puente”, de Mónica Nepote/Radar, es la única canción del cd (el género, quién lo diría, está desplazado; si la música electrónica no es muy dada a producir canciones, también es cierto que no es nada fácil hacer de un poema una canción). ¿Participa Mónica Nepote en las sonoridades? Parece ser que no. Se escucha de nuevo la media voz de Gabriela Vega, que sabe doblarse y hacer coros estupendos. “Fiesta” de Luis Ignacio Helguera/Vate es un trago fuerte. Poema agrio y entrañable en voz del autor, se convierte hoy, a un año de su muerte, en documento y casi en despedida para el oído de sus amigos. A este experimento notablemente fondeado con sampleos e intensidades de ruido blanco y ruidos filtrados, no le hacía falta el detalle efectista de Vate que repite, a la menor provocación, el loop de la palabra “verga”. El resultado es un estribillo que ni está en el poema ni viene al caso.

La pieza más lograda es “El despacho del juez” de Margarita Martínez Duarte/Bishop. Un buen poema, leído por su autora con firmeza llana, que se potencia con la musicalidad y las mezclas inteligentes de Bishop, y el excelente oído en la producción de Luis Alberto Murillo. La elaboración de este corte en nada violenta sino que trasplanta el poema a un género aparte. Leer y oír al mismo tiempo “El despacho del juez” es ingresar a otro modo de hacer poesía. También notable es el cierre del disco, “Sites” de xpollo/Manrico Montero. El poeta se dispuso a experimentar con un texto que se presta muy bien para hacerlo. Desgraciadamente, la producción no es buena. “Sites” es un poema narrativo y visual que propone una navegación por tres sitios de internet. La pieza consta de tres partes. En la primera, que abre un sitio de pornografía infantil, la voz del poeta es ininteligible de tan distorsionada. En la segunda el asunto no mejora y se vuelve acústicamente plano. La tercera parte, que abre un sitio de películas snuff —es decir, de asesinatos reales— es la mejor terminada, por virtud del texto y la lectura. Quizá los defectos de esta producción se deban a que Manrico Montero intervino como compositor, mezclador y productor, y esa tercia en un solo oído no siempre funciona.

Y ya que escucho Urbe probeta como una publicación dedicada a la voz poética, ¿qué tanto emiten con su voz los autores? Ernesto Lumbreras lee con una naturalidad envidiable, aunque su arranque fue precipitado y aprentemente fuera del tono del texto. Armando González Torres cedió la lectura de su “Seres de fin de semana” a Isabelle Malchioni, cuyo acento francés aporta un raro distanciamiento en el que, de nuevo, falla la producción: la lectora yerra al comerse sílabas y confundir vocales. Hay quienes leen muy bien, como Ricardo Pohlenz y Carla Faesler; supongo que ambos estuvieron atentos a la ecualización de sus voces, saben oírse. Faesler, quien no optó por un gran despliegue de efectos, pero sí por un lecho sonoro muy puntual, contrapuntístico si cabe decirlo, lee sin dilaciones, dice el poema con sobriedad y casi en tiempo real, y eso se agradece pues rechaza la sublimidad de los tiempos largos. Por el contrario, Luigi Amara lleva su poema al límite de la dicción creando una dilatada plasta sonora, irónica y enfadosa, en la que se interpreta histriónicamente. Lo odias o lo amas. Nadie fue tan lejos en Urbe probeta en el saludable escarnecimiento de la voz poética.

Como en los viejos elepés, los productores situaron las producciones menos logradas en los tracks antepenúltimo y penúltimo del lado B. “Reflexiones sobre un perro triste” no es un buen poema ni se presta, por su sentimentalismo sin guiño irónico, para hacer una pieza electrónica. Entretanto, el “Segundo poema softporno...” de María Rivera parece no haber sido comprendido por el músico ni el productor. Su giro irónico, festivo y en algo desesperante daba para mucho más. Esta es la pieza que tiene mayores problemas de tiempos largos en su emisión y acompañamiento sonoro.

Como primer paso, Urbe probeta sugiere la apertura de una nueva práctica que le hace falta a la poesía mexicana en el contexto del arte contemporáneo, en el que se están produciendo generos de arte sonoro, músicas visuales y esculturas sonoras. Hay mucho por hacer; desde luego, el paso siguiente sería acceder a otras aplicaciones multimedia. La poesía, sin demeritarse, puede abrirse a esos espacios. Es de notar que algunos de los poemas que mejor funcionan en el cd son de corte narrativo. Una referencia que sentí flotar en muchos cortes es el arte de contar historias de Laurie Anderson. Pero el diálogo de la poesía con la música en Urbe probeta se queda aún en el nivel de las mezclas de dj, y poco en el plano de las composiciones. En este cd hay mucho de trance, de ambient y un poco de acid jazz; pero, curiosamente, nada de hip hop, género basado en la rítmica emisión de palabras. Ojalá que las colaboraciones transdisciplinarias faciliten rumbos semejantes para las letras mexicanas, hasta el momento tan reacias a las contaminaciones. Urbe probeta podría mover cauces, ésta es su apuesta y su importancia. ¿Qué no sería nada nuevo, pues la música y la poesía se deben una a la otra? Cierto, pero en la voz de los poetas esto está muy olvidado.

Jaime Moreno Villarreal (Confabulario, suplemento cultural)